domingo, 7 de septiembre de 2014

Vacaciones De Invierno



 
El improvisado teatro se encontraba vacío, excepto por aquel niño que, solitario, se sentaba bajo la mirada protectora del sol que hacía brillar los pastos en derredor como mil dientes de una sierra imposible.

Tras bambalinas se comenzaban a escuchar los tablones crujiendo bajo los pesados pasos de los señores que ponían los instrumentos a punto antes de dar comienzo a la tertulia. Ya casi todo estaba listo. Las expectativas del niño crecían a la par del tamborileo metálico que se repetía sobre el escenario, un redoblar tan tenue que se percibía íntimo como hojas sibilantes encimadas.

La hora se acercaba, el sol del mediodía ardía vertiéndose asomado por un tajo entre nubes

Prometieron que habría premios.

De pronto, detrás del escenario, se oyó un puerquito y seguido una gallina... ¡Llegaron los títeres!

Se abre el telón, rojas y pesadas, hacia los lados caen las cortinas.

Un vapor mágico se levanta del suelo... hace su entrada el cerdito. Su canto es agudo, constante, vibrante. Un tenor.

Se abre la bolsa y la canción es más fuerte, y más fuerte ¡y más! La ópera rampante... y el silencio. El cuchillo frió, rojo como el telón abriéndose paso entre tendones y piel por el pescuezo del puerco. Un corte profundo, una segunda sonrisa, dos cortes a un costado, dos cortes al otro. Certeros, formando una suerte de manga para introducirle las patitas. El final de su número.

Un, dos, tres, cuatro tenores más. La misma rutina. Hasta que la bruma se apropia de la escena y entre vapores emana el cacarear nervioso de una gallina, una soprano tomando un baño de agua hirviente mientras canta, nerviosa, estridente, deslumbrante se sumerge en el agua candente mientras es despojada de su túnica emplumada de un fuerte tirón por el pescuezo, y con movimientos un poco de bailarín y otro poco de malabarista su partenaire, el verdugo, la recuesta en el patíbulo y, como al cerdo, le da fin a su canción con la hoja afilada, que baja roja, emplumada y humeante para arrancarle la cabeza con un solo "¡chak!".

Y se repite el número una y otra vez, “¡chak! ¡chak! ¡chak!”, hasta que el malabarista falla y una soprano corre muda por el escenario con la cabeza colgando y pintando las gradas.

Siempre el mismo rojo.

La alfombra se tiende a mis pies.

© M. Whyte, MMXIII.