El improvisado teatro se encontraba vacío, excepto por aquel
niño que, solitario, se sentaba bajo la mirada protectora del sol que hacía
brillar los pastos en derredor como mil dientes de una sierra imposible.
Tras bambalinas se comenzaban a escuchar los tablones
crujiendo bajo los pesados pasos de los señores que ponían los instrumentos a
punto antes de dar comienzo a la tertulia. Ya casi todo estaba listo. Las
expectativas del niño crecían a la par del tamborileo metálico que se repetía
sobre el escenario, un redoblar tan tenue que se percibía íntimo como hojas
sibilantes encimadas.
La hora se acercaba, el sol del mediodía ardía vertiéndose
asomado por un tajo entre nubes
Prometieron que habría premios.
De pronto, detrás del escenario, se oyó un puerquito y
seguido una gallina... ¡Llegaron los títeres!
Se abre el telón, rojas y pesadas, hacia los lados caen las
cortinas.
Un vapor mágico se levanta del suelo... hace su entrada el
cerdito. Su canto es agudo, constante, vibrante. Un tenor.
Se abre la bolsa y la canción es más fuerte, y más fuerte ¡y
más! La ópera rampante... y el silencio. El cuchillo frió, rojo como el telón
abriéndose paso entre tendones y piel por el pescuezo del puerco. Un corte
profundo, una segunda sonrisa, dos cortes a un costado, dos cortes al otro.
Certeros, formando una suerte de manga para introducirle las patitas. El final
de su número.
Un, dos, tres, cuatro tenores más. La misma
rutina. Hasta que la bruma se apropia de la escena y entre vapores emana el cacarear
nervioso de una gallina, una soprano tomando un baño de agua hirviente mientras
canta, nerviosa, estridente, deslumbrante se sumerge en el agua candente
mientras es despojada de su túnica emplumada de un fuerte tirón por el
pescuezo, y con movimientos un poco de bailarín y otro poco de malabarista su
partenaire, el verdugo, la recuesta en el patíbulo y, como al cerdo, le da fin
a su canción con la hoja afilada, que baja roja, emplumada y humeante para
arrancarle la cabeza con un solo "¡chak!".
Y se repite el número una y otra vez, “¡chak! ¡chak!
¡chak!”, hasta que el malabarista falla y una soprano corre muda por el
escenario con la cabeza colgando y pintando las gradas.
Siempre el mismo rojo.
La alfombra se tiende a mis pies.
© M. Whyte, MMXIII.
© M. Whyte, MMXIII.
