jueves, 2 de octubre de 2014

Historia Regvm & Dominos Insvlæ: Præfatio



[Parte I de la novela "Historia Regvm & Dominos Insvlæ", escrita y recopilada por M. Whyte.]

PRÆFATIO


Él amaba las tormentas,

una buena y poderosa tormenta; una lluvia fuerte, golpeando impía sobre tienda, hombre y caballo a la vez; un viento imparable arrancando paja y mimbre, entonces, un relámpago cegador, aquel largamente avisado a la vez que inesperado heraldo de la proximidad de un trueno venido para destrozar las ya encogidas esperanzas de los hombres.

Y allí se erguía intrépido, con su mano en alto, sosteniendo el desafiante acero, un hombre tan valiente como tonto -y desesperado- contra iracundos e inflexibles dioses sin rostro.

Podríais oír el traqueteo de las placas de su armadura, el murmullo de su cota, y el sonido del gotear, correr y chorrear que la lluvia ejercía sobre la coraza-podríais, si no fuera por el estruendoso sonido de lluvia, viento y trueno que se unían en el más horrible y oxidado ensamble de vientos que ultrajaba y engullía cualquier otro sonido en su alborotada furia.

Pero para el hombre no había otro sonido que su propia voz "¡No moriré en manos de los hombres!" dijo mientras esgrimía la espada ferozmente con ambas manos; y así llegó el relámpago y su hoja pareció encenderse por un instante, en un fuego azul, frío y aguado, pero al momento de la llegada del estrepitoso trueno el acero se vio nuevamente oscuro y mortífero como el cielo en lo alto, la lluvia chorreando desde la hoja hasta el pomo...

"¿Eso es todo lo que tenéis para decir, esa es toda vuestra poderosa fuerza? Vosotros, montón de poderosos cobardes, los hombres se inclinaron y os oraron, los hombres lucharon por vosotros" el hombre gritó agitando furiosamente la espada, girando, corriendo y tropezando torpemente, "respondimos a vuestro llamado... ¿pero alguna vez hicisteis ese llamado?" dijo resoplando miserablemente.

Y así la orquesta que alguna vez tocó una inexorable cacofonía como obra maestra cesó por un instante, el hombre tomó un profundo aliento -y cargó ciegamente cruzando el pantanoso terreno que al momento ya casi era un lodazal... cargó y gritó, cargó y vociferó, cargó y lloró, lloró y cayó.

Mientras yacía de espaldas pesado y hundiéndose en el barro, la tormenta se reanudó, y las lluvias volvieron para lavar sus lágrimas, para esconder su llanto de las miradas ciegas de los hombres asustados, de los hombres derrotados, encerrados en sus tiendas.

Pero el hombre podía sentir la burla de los dioses sobre él, el despecho que hacían llover sobre el campamento, y así apretó fuertemente la empuñadura de la espada, y el hombre comenzó a levantarse nuevamente, implacable como la mañana que llega con cada día se enderezó empujando el lodoso suelo con su mano izquierda, bebiendo fuerza de la ira y la desesperación una rodilla empapada se levantó, llenando el vacío de su fe con el vacío de su odio se encendió como la chispa nacida de un pedernal inexistente y la llama que de nada se alimenta y aviva él se levantó y alzó la espada nuevamente, de pié, frío y sombrío como los rostros tallados en los árboles*. Yen el denuedo de su locura cargó nuevamente, esgrimiendo aquella espada plateada que bebía de la oscuridad, que bailaba con la oscuridad, que cantaba con la oscuridad, y él hizo eco de su canción, antiguas palabras brotaron de su boca y nuevas lágrimas de sus ojos "¡Aquellos que se unieron, volverán a unirse!" rugió el hombre y rugieron el trueno y el rayo, esta vez juntos.

Al día siguiente llegó la mañana para revelar la flamante ciénaga ante los hombres y los dioses del cielo.

Pero llegada la noche las aguas amarronadas se tornaron de un profundo rojo oscuro que se unió en derredor al punto negro de suelo chamuscado, desde arribase veía como el ojo flamígero de un demonio, su pupila negra donde alguna vez se mantuvo firme el más valiente, desesperando y tonto de los hombres.




"El campo de batalla de hoy será el túmulo de mañana".
© M. Whyte, MMXIII.